
SED
Hace ya tiempo que hay que considerar a Marino González Montero (Almaraz 1963) como uno de los autores más interesantes y conspicuos de la última literatura extremeña, por encima de su faceta de siempre, la de, probablemente, el editor más activo, personal y ubicuo del ámbito de la publicación en nuestra región. Conviene también dejar aparte la pobre engañifa de que sea su propia editorial la que publica su obra, pues, aparte de que no ha sido siempre así (el notable Sedah Street apareció en la exquisita Lf ediciones), su primer título (En dos tiempos) mereció el honor de ser seleccionado como finalista del prestigioso premio “Setenil” para narraciones breves de escritores noveles. Tamaño aval para una carta de presentación nos parece suficiente aldabonazo como para tomarse muy en serio una trayectoria cargada de fe y que va consolidándose en cada entrega.
Le cogió Marino el gusto desde el segundo de sus títulos publicados, el citado Sedah Street, a amalgamar los relatos ofrecidos (salvo un escorarse a la poesía con unos apreciables Tangos, nuestro autor sólo ha publicado colecciones de relatos breves) en torno a un tema central del que caprichosamente se desvían o conscientemente se zambullen. La muerte arracimaba los títulos de la mencionada entrega; la posterior, Diarios miedos, lo ostentaba orgullosa desde su mismo título ; y ahora este Sed nos introduce en seguida en materia avisando, desde la notas inicial, que el hilo conductor de los relatos va a ser el ODIO (así, con mayúsculas, tal cual). Gusta el autor, como puede deducirse, de proponer perspectivas, de jugar con todas las posibilidades; desde el preliminar que comentamos, exhorta a participar del inexcusable imperativo, pero también a arraigarse en la urdimbre de tan estimulante sustantivo ¿y qué conocedor medio del mundo cinematográfico no sabría relacionar sed y odio? Efectivamente, una de las obras maestras de Orson Welles se resume en el sintagma resultante y abre las alternativas para explicar (si fuera menester) el elenco seleccionado por el autor para enredarse en lo demoníaco y amargo de nuestra existencia. Sed de mal, que no otra cosa es el odio, ese oído que odio, ese odio que oigo latiendo a lo largo de estos relatos que pulsan en su devenir el mismo curso de la Historia.
Tan espinoso y desagradable asunto es, pues, tratado aquí desde diferentes puntos de vista y ubicado en distintas situaciones, personajes y hechos. Al que firma le seducen especialmente los títulos que recrean un hecho de la vida de personajes más o menos conocidos y disfruta descubriendo la materia común que los acerca; calidades distintas del odio emparejan a Quevedo con Marco Bruto (no es tan descabellado si, como todos saben, el primero escribió del segundo) o con Francisco de Peñaranda, el médico de Llerena tan vinculado a la primordial Biblioteca de Barcarrota. La agonía del autor de El buscón es inversa a la del patricio romano en el momento cumbre de llevar a cabo su traición suprema, porque mientras el primero es conocida víctima del capricho real y del valido, el otro es ejecutor y lleva su odio latente hasta las últimas consecuencias. Por eso empareja mejor Quevedo con Peñaranda, mártir similar, que escribe una estremecedora carta a su esposa, único consuelo de sus desdichas, carne, como es, de la intolerancia cristiana con quienes no profesan su religión. Comparten, por otro lado, planteamiento y exposición Quevedo y Marco Bruto, pues elige Marino para su desarrollo el género teatral, monólogo en el caso del primero y diálogo entre el ahijado de César y el encumbrado Marco Antonio para el segundo. No es nueva ni sorprende la destreza con la que el autor sale del asunto; desde hace ya tiempo la labor teatral de Marino ha pasado también de los aledaños (no en vano es promotor de una de las más dinámicas actividades teatrales de nuestra región en circuitos para institutos de enseñanza y público en general) a la primera línea, pues suyos son algunos de los textos representados en la actividad teatral mencionada. Vamos, que, por decirlo en llano, ya le tiene cogido el tranquillo al asunto.
Pero como el contenido permite amplitud de márgenes, se ubican perfectamente también relatos como “La rama de laurel”, donde un pobre perro es el protagonista; su aliento poético contrasta con la crudeza irónica (o la ironía cruda) de “Próxima estación, Pacífico” o con la ruda pena contenida y callada de “Absolutamente nada”. Como nexo de unión cabría reconocer también tres breves relatos que no es desdoro, en absoluto, definir como poemas puestos en prosa; léanse en voz alta y bajo el ritmo tan sutilmente marcado, aparecerán rimas interiores y más de un impecable endecasílabo. En un ambiente menos asfixiante, pero no exento de tristeza y decepción, recrea Marino uno de los cuadros más conocidos de Edward Hopper en el relato “La cucharilla y el reloj” y sabe imbricarlo perfectamente en la atmósfera que creó desde el inicio el terrible “El odio original”. Tan amargo principio encuentra su correcto correlato casi al cierre del libro con la visión ahora desde el punto de vista femenino de “Ahora… noche” y con el terrible fin que resume y ubica el auténtico lugar del odio.
Como lector sólo desearía una deriva más optimista, alegre incluso, con la que Marino demostrase que sabe moverse en otros campos distintos a los de la tristeza y lo pavoroso que tan bien demuestra dominar.
(Aparecerá publicado en el próximo número de la Revista de Estudios Extremeños)







