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LA LUNA DIGITAL

Colaboraciones Julio 2010

HOTEL RAPHAEL

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HOTEL RAPHAEL

JAVIER COTO HEVIA

Al ver brillar la luna sobre las azoteas del distrito dieciséis de París, supo que era hora de regresar al hotel. Pese a que la noche era fría, decidió volver dando un paseo. Saludó al conserje con una leve oscilación de la cabeza y entró en el ascensor. Junto al ascensorista había una chica con el pelo cortado a lo garçon que iba a su misma planta. Subieron varios pisos, y al abrirse la puerta le cedió el paso con un movimiento de la mano. La muchacha le devolvió una sonrisa. Llevaba pantalones negros de terciopelo, una blusa beige con un aire soviético y unos botines marrones de cuero. Antes de que alcanzara su habitación la perdió de vista. En algún lugar sonaba una vieja canción de Peter Sarstedt. Apenas hubo abierto la puerta de su cuarto, se dio cuenta de que había alguien más dentro. En la oscuridad podía verse la minúscula lumbre de un cigarrillo. Encendió la luz y vio a una mujer desnuda sentada sobre la cama apuntándole con una pistola. Metió instintivamente las manos en los bolsillos de sus pantalones de pana y se encogió de hombros. Después de unos segundos en silencio, dijo:

-¿Quieres casarte conmigo?

-Pensaba que no ibas a pedírmelo nunca -respondió ella sin desprenderse del arma.

A continuación dio un paso atrás y apoyó su espalda contra la puerta. Sacó un cigarrillo, lo encendió y exhaló una larga bocanada de humo. Al otro lado de la cama había una ventana abierta desde la que podían verse las luces ambarinas de la ciudad. Parecían fragmentos diminutos de una botella rota, las brasas esparcidas de una hoguera perpetua.

Javier Coto Hevia nace en Gijón en 1980. A lo largo de su vida ha desempeñado diversos empleos como el de vendedor de periódicos, violinista de una orquesta sinfónica o abogado. Ha publicado diversos poemas y relatos en numerosas revistas literarias.

FATAMORGANA

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FATAMORGANA

JOSÉ MANUEL CORREDOIRA

No consigo recordar qué es un hada. ¿Lo sabrán

Forcellini, Quicherat? Un día destos me arreba-

ñaré las bombachas para preguntárselo. Entre-

tanto, consultaré mis más humildes lexicones.

Hada, del latín ‘fata’, vulgarización de ‘fatum’,

hado, predicción, oráculo. Ahora me acuerdo:

“¡Ojalá no hubiesen nacido jamás árboles en el

monte Pelión!”, escribe Marco Tulio Cicerón en

De fato. Es castellano malhadado, nefando y fa-

damaliento ( desventurado, según Gonzalo de

Berceo). What I will is Fate. So spake th’Al-

mightie (as Milton said). Mulher muito bonita,

fado, fadar, fadário, ágrou ep’ eschatién. Como

quien dice: aquí al lado.

CAVAR

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CAVAR

ARTURO ENRÍQUEZ

El golpe había sido seco y duro, en la nuca. El cuerpo se había desplomado sobre el suelo en una caída torpe y deslavazada. Empezaba a salirle sangre por la nariz y se le habían partido un par de dientes.

Con una precaución tímida, como queriendo no molestar, comprobó que no había pulso. Estaba muerto. El charco de sangre crecía poco a poco, formando sobre las baldosas algo similar a un mapa. Parecía lo único de vida que le quedaba a aquel cuerpo tirado delante de él. Ese pensamiento le inquietó y corrió a coger un trapo para limpiar el suelo.

Detrás de la casa, pasado ya el final de la calle, había un parque en el que podría cavar un agujero para deshacerse del cadáver. En el garaje tenía una carretilla y una pala. Arrastró el cuerpo hasta el garaje y lo cubrió con tres sacos que abrió con un cuchillo. Cuando salió a la calle era ya de noche. Había bastantes nubes.

Llegó al parque sudando. Buscó un lugar un poco apartado y empezó a cavar. La tierra se iba amontonando a su lado, el agujero era cada vez mayor. Pronto empezaron a dolerle los brazos.

Un ruido, el sonido de unos pasos que se acercaban por el camino, le hizo volverse asustado. Se metió detrás de unos matorrales, intentando aguantar la respiración. Desde su precipitado escondite vio a un hombre jadeante que avanzaba en su dirección empujando una carretilla con un bulto.

Fue entonces cuando la luz de la luna se coló entre las nubes y, con la claridad de una pesadilla, pudo ver que en el parque, iluminado durante apenas unos segundos, había otros muchos hombres cavando agujeros, con carretillas a su lado que esperaban el final de su trabajo. No supo si respirar aliviado o echarse a correr.

LUNARES

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LUNARES

ÁLVARO NUEVO

Durante minutos que parecieron días, siglos de tiempo detenido, no pudo apartar la mirada. Tenía la respiración adolescente, el deseo aventurero, la pasión entrecortada. El agua reflejaba la luna en mil destellos diferentes. Tuvo que respirar hondo, concentrarse y volver a contar. Ella se lavaba los hombros con caricias algo torpes. Él necesitó acercarse más; daba la vida por un codo más de cercanía. Para no ser descubierto, contuvo el aire en los pulmones, caminó agachado, arrastró los pies, sintió la hierba delatando a sus sandalias, el viento chivato, algunos insectos indiscretos que saltaban a su paso y su corazón trabajando demasiado fuerte. Puede que fuera eso, un latido, lo que ella oyó, pero sólo le dejó el tiempo justo de volver a contar hasta diecisiete antes de girarse y sorprenderle con la furia de cien guerras, la ira hecha blasfemia, el grito, el vendaval, el pudor transformado en tormenta por el orgullo de la belleza al descubierto, de la fragilidad al desnudo, la rabia, la venganza por desvelar lo vulnerable de su cuerpo, siempre victorioso, rendido a la estrategia del agua.

Le maldijo por su descaro con ceguera y la desgracia de predecir el futuro y muchos, muchos años después, cuando Tiresias fue insultado por el rey Edipo -qué puedes saber tú de mi destino, maldito ciego, si no puedes ver ni el sol que nos alumbra-, guardó silencio y sonrió. Sabía que era el único que había contado las lunas que hay en la espalda de una diosa.

LUNAS

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LUNAS

CARMEN REJAS GALEANO

He imaginado tardes y esperado,
he sentido los días en mi vientre,
he trazado tu rostro en mis entrañas
y he llorado tu ausencia.
Esperaba, que con la luna llena
vinieras como el viento,
naciendo a la mañana
entre púrpura y nieves
y mis alcobas grises
se llenaran de amor y primaveras.
Mas tú nunca has llegado,
y pasan, pasan los cuartos
creciendo, decreciendo,
dejándome sin nada,
esperaba tenerte entre sedas y aliento
como un niño que espera un ingente regalo,
así yo te esperaba.
Pero llegó la luna nueva
y tuve que parirme para seguir viviendo
y así, desde la estéril
esperar que pasara todo tu aroma
entregándole al mundo
mis ganas y mis sueños,
dándome hasta el hastío
y así, en la próxima luna,
tal vez, habré olvidado.

LA SIBILA DE CICERÓN

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LA SIBILA DE CICERÓN

FRANCISCO RODRÍGUEZ CRIADO

Una noche sin luna el difunto Marco Tulio Cicerón vino a mi humilde morada para que el oráculo adivinara qué le deparaba el caprichoso destino.

–¿Qué has de temer, estimado Cicerón? Eres un brillante orador, escritor y político –le recordé–. La vida te sonríe. Pero cuídate con engañar a los que son menos afortunados que tú, porque me dicen mis guías divinos que en caso contrario te espera un final trágico.

El procónsul Cicerón asintió con la cabeza y, esgrimiendo una sonrisa tenebrosa, me pagó con una espléndida moneda que yo nunca antes había visto.

–Ten, te lo has ganado. Es un cistóforo –dijo, orgulloso–. Se trata de una moneda de plata acuñada con mi propio nombre de la época en la que fui gobernador en Asia Menor.

Extendí una mano titubeante para coger aquella moneda. Nada más apresarla entre mis dedos, un temblor –entonces inexplicable– recorrió todo mi cuerpo.

Días después, Cicerón fue asesinado por los sicarios de Marco Antonio. Todavía conservo aquel cistóforo –que, ay, resultó ser falso– con la convicción de que en mayor o menor medida los grandes personajes de la Historia, creyéndose inmunes al poder castigador de Apolo, han sido siempre víctimas de su propia soberbia.

VIDA ACUÁTICA

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VIDA ACUÁTICA

LAURA SOTO FRANCÉS

Entré en su apartamento con el presentimiento de que se había ido sin despedirse. Vi que sólo faltaban sus libros y algunos discos. El resto estaba exactamante igual que siempre. Su abrigo de tweed colgaba de la percha y había montones de periódicos atrasados por el suelo. Sobre la mesa de la cocina había un libro de Jacques Cousteau titulado World Without Sun, una nota con las instrucciones para cuidar a Max, y el propio Max metido en su pecera. Era mi mejor amigo; estaba seguro de que volvería a verle algún día, aunque no sabía cúando. Esa incertidumbre me dolía como una bala incrustada en el costado. Max no era un verdadero pez luna, pero pertenecía a la misma familia de tetraodontiformes, y eso a su dueño le bastaba. En la puerta de la nevera había fotografías de cosmonautas.

Desde donde estaba podía contemplar la noche cayendo sobre el Upper East Side. Me vi reflejado en la ventana y traté de encontrar una frase que me definiera en aquel momento. Pensé en una cita de Faulkner: Between grief and nothing, I will take grief.

Antes de salir, leí detenidamente la nota. Lo único importante era dejar a Max en la repisa de la ventana por las noches. Estaba subrayado.

 

 

Laura Soto Francés (Valencia, 1974) es licenciada en Arquitectura. Actualmente ejerce como arquitecto y cursa estudios de doctorado. Ha participado en recitales y ha sido antologada en diversas ocasiones.

Sugerencias

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Oído en tierra
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